La rebelión contra el aburrimiento

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Por qué los seriales para televisión de Turquía han hecho furor en Latinoamérica.

Por Raúl Acosta, especial para ArtistasMiami.com

Hay un viejo refrán que reza que lo aburrido no por sabido deja de aburrir. Digo esto porque que desde Félix B. Caignet inició, siguiendo las pautas de Sakúntala, que posiblemente él no conociera, un nuevo género para entretener a una incipiente masa de espectadores, que transitaba de la radio novela, al lenguaje de imagen y el sonido emitidos en un solo paquete, la telenovela no ha cambiado mucho, por lo menos en nuestros países de América, y cuando digo América me refiero al inmenso territorio que  va desde Canadá hasta el sur de Chile y Argentina.

 

El arte dramático que heredó la televisión, no provenía del cine que ya para la década del 40 del siglo pasado había exhibido magníficas expresiones, sino del traslado de las suculentas ofertas que la radio latina difundió desde Cuba a los demás países con historias que estaban muy cerca de la vida, y por ende, de las circunstancias sociales en general, de una población que tenía la suerte de contar con un pasado común, donde los personajes eran fácilmente identificables con referenciales contemporáneos que les eran afines.

Desde el El Derecho de Nacer, hasta hoy muy poco ha cambiado. Ni las ofertas de las sociedades de consumo, como las de países que experimentan otro modelo social, han podido romper el rígido marco de la lucha de los buenos contra los villanos, y donde los humillados y vilipendiados, al final se alzan con la herencia de un relación amorosa clandestina que los catapulta al mismo eje social que hasta ese momento les aplastaba. Final feliz. Todos contentos, pero eso sí, los malos no recibirán el castigo hasta el último momento, para que no merme la audiencia. Los experimentos no han sido muchos, desde las propuestas de Do Comparato de agregar las pausas publicitarias como elementos dramatúrgicos hasta el infeliz aporte de los hermanos mexicanos que incorporaron junto a la trama, casi siempre trivial, la exhibición exacerbada de los cuerpos de los artistas, con una apuesta no oculta por un público femenino en el supuesto de que desean o se vuelven locas por ver a sus ídolos envueltos en músculos, aunque la masa cerebral  brille por su ausencia.  Y qué remedio, si no existen grandes productoras que apuesten por una oferta de calidad, o por lo menos diferente, sin las socorridas escenitas de boquitas, hombros desnudos y manos crispándose sobre las almohadas de las alcobas.

Llegaron los turcos

Los turcos vienen y le dan una lección a los latinoamericano, incluidos los de USA. Y es que de pronto irrumpe en el mercado de nuestros países un tipo de producción, que si bien no se sale del esquema de la lucha del bien contra el mal, en su desarrollo los “malos” no tienen que llegar al final para recibir su merecido, y donde el amor florece y se disfruta sin la galería de musculaturas, pelucas, pestañas postizas y cuerpos mandados a hacer a la medida en la clínica de la esquina. Hemos tenido la suerte de ver últimamente en nuestras pantallas producciones como Las Mil y Una Noches y Amor de Contrabando, pasando por la epopeya magnífica de Zuleimán, el Gran Sultán. ¿De dónde llegaron? Desde un país del que no teníamos ni la más remota idea de que estuviera incursionando en el género con tanto éxito: Turquía.

Los creadores turcos nos han sorprendido gratamente con historias de gran calado literario, magníficas actuaciones y excelentes imágenes tomadas en escenarios naturales que deslumbran por su belleza.

Ojalá podamos seguir contando con obras provenientes de un centro cultural tan rico y que nos sorprendan con el goce de poder sentarnos en casa en familia, incluidos  los menores de edad, a recibir una pieza que nos enaltezca como personas.