LAS PRENDAS DEL DIABLO

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Por   Bernardo Marqués Ravelo

Marqués Ravelo escrotor cubano radicado en Miami
Marqués Ravelo escrotor cubano radicado en Miami

Poeta, narrador y periodisita. Nació en La Habana, en 1947.

ArtistasMiami ofrece a sus lectores la primicia de Las Prendas del Dibalo,  la más reciente obra de Marqués Ravelo.
LAS PRENDAS DEL DIABLO

– ¿Compraste los zapatos?
Estaban desnudos, exánimes, sudorosos y agotados después de hacer el amor, regresando con lentitud de aquellas regiones lejanas, después del orgasmo. Desde afuera, de la calle, les llegaba el tráfago de la ciudad: El sonido de las arterias y los transeúntes, la tempestad de los televisores, radios y grabadoras, la vocinglería opaca de los vecinos.
Felo abrió los ojos y su mano palpó el vientre de su mujer. Cuando Felito era más pequeño le resultaba más fácil encontrar lugar y tiempo para amarse. Pero de un año a la fecha tenían que tomar todas las precauciones posibles y cerciorarse muy bien porque el chiquillo no se dormía con facilidad. Y más de una vez había estado a punto de sorprenderlos en el trato íntimo. Violeta se volvió hacia su marido y se besaron, con el hastío de los amantes saciados por muchos años de convivencia en común.
-Ponte la ropa para abrir. A ver si entra un poco de fresco.
La mujer se incorporó. Fue hasta la puerta del balcón y la abrió con cuidado. Luego regresó, se detuvo al lado de la cama y comenzó a quitarse la bata de casa.
– ¿Compraste los zapatos?- volvió a preguntar.
Ella negó con la cabeza, se mesó los cabellos y se tendió al lado de su marido.
-Tremenda cola. A ver si mañana… Cuando salga del trabajo.
-Si no nos apuramos va a tener que ir descalzo a la escuela.
-Exagerado que eres…

DOS

Felo se despertó sobresaltado y se incorporó en el lecho. Estaba soñando que Germán regresaba del Norte. Tuvo un acceso de tos, momentáneo, y al fin pudo desgarrar las flemas en su garganta. El apartamento, sumido en las sombras de la madrugada, a ratos se iluminaba con las intermitencias de los escasos anuncios y los reflejos rojizos de la bahía, en cuyas aguas rielaban las vislumbres de las luces de la refinería de petróleo. Hacía un calor pegajoso, arduo. Como si la tierra se hubiera detenido para siempre, junto a las entrañas del infierno. Un bochorno cuyos vapores le convertían la dermis en una gelatina fría y húmeda. Buscó los cigarrillos en la mesa de noche y cuando al fin encontró los fósforos, los golpes en la puerta volvieron a sucederse. Se sentó, aspiró la primera bocanada y tuvo que hacer un esfuerzo para no toser. En el núcleo del partido no le dieron tregua. O no lo entendieron. O no quisieron dar sus brazos a torcer. Después de la reunión y antes de llegar a la casa se fue con su amigo Jorge a la ronera. Y allí, amparados por el alcohol, retomaron el tema.
-No jodas, asere. Si quieren venir, que vengan… No tenemos que cogerles ni tenerles ningún miedo.
-No es miedo. Lo que pasa es que para ustedes es muy fácil. A ver: ¿Qué carajo hago cuando ese cabrón se nos aparezca?
– ¿Cómo que qué haces? Recibirlo. Y pare usted de contar.
-Fuera del agua se nada que es un vacilón. ¿Por qué tengo que recibirlo como un héroe?
-No tienes que recibirlo como un héroe. Es tu hermano. ¿O no?
– ¡No me digas! Así que ahora somos hermanos. Hazme el favor, Jorge.
Se puso de pie y avanzó con parsimonia hacia la puerta. Encendió la luz y antes de abrir preguntó. Cuando escuchó la voz de su padre tuvo la certeza de que su madre había sufrido otro ataque al corazón. Abrió y al peguntar sintió que una descarga de adrenalina le helaba la médula espinal:
– ¿Qué pasó, viejo?
-No te asustes… Norma. Que me hizo venir a buscarte. Tu hermano. Acaba de llegar.
-Vaya carajo…- dijo, montando la voz sobre la de su padre, entre irascible y confuso: – ¿Y no pudiste esperar a que amaneciera?
-Tú sabes como es tu madre…
-Pasa- y le dejó el espacio libre.
Felo, el viejo, penetró sin apuro en la salita. Era un ejemplar imponente. A sus setenta años aún hacía gala de un cuerpo musculoso y macizo. Había llegado a la isla poco después de la diáspora de la guerra civil española. Y cuando el vasco puso los pies en tierra se juró jamás volver a treparse en una embarcación. Pronto recorrió por la zona la noticia: un recién llegado, “gallego”, por más señas, era capaz de fulminar a un buey cebú de una sola trompada… Sus alardes de fuerza lo llevaron, de pueblo en pueblo y de burdel en burdel y de valla en valla. Una noche, en un prostíbulo de los alrededores de Santiago de Cuba, Felo, el viejo, conoció a Norma. Entre las putas haitianas y martiniqueñas, entre las mulatas santiagueras y las rubias dominicanas, Norma parecía y era una diosa. Y el vasco se enamoró de la criolla como un perro, y por ello comenzó a no darle tregua a la hembra. Se la templaba dos y tres veces al día… Y una noche cargó con ella y el pequeño Germán. De eso hacia treinta y tantos años. Casi el mismo tiempo que tenía en sus costillas su hijo menor, Felo.
El viejo fue hasta el sofá y se sentó. Mordía entre los dientes manchados por el alquitrán un cabo de tabaco que, lo más probable, se hubiera apagado la noche anterior. El pelo lacio -rancio y canoso- le caía sobre la frente. Transpiraba como si acabara de concluir una templa de concreto. El vasco escupió una hilacha de la breva, se limpió la comisura de los labios con el dorso de la mano y luego buscó en sus bolsillos la caja de fósforos. Dijo, después, con un vestigio de sorna en su voz:
-Llegó tu hermanito.
Felo negó con la cabeza:
-Dile que no me encontraste…
-Tienes que venir. De todas maneras… Ya está aquí…
– ¿Ya te compró?
El viejo distendió sus facciones con una sonrisa rígida y dura, que más bien era una mueca.
-Natural- dijo con una particular entonación.
Felo trató de ser más hiriente, pero sólo logró parecer candoroso:
-Seguro que te trajo una gaita y dos botas de vino…
-Y el gaitero- ripostó el padre y la sonrisa se le convirtió en una carcajada, ahora distendido. Después cesó de reír. Y entonces Felo sintió una pena sin alternativas por el viejo, como si fuera él la causa de aquellos ojos enrojecidos y mustios, de aquel movimiento irregular y contráctil de sus maxilares.
-Espérate. Voy a hacer café.
– ¿Qué pasó, Felo – escucharon ambos la voz de Violeta, todavía pastosa por el sueño, desde un flanco de la sala.
-Nada grave- dijo el viejo y se incorporó para besar a su nuera.
Frente a la llama del fogón Felo recordó a su medio hermano. En la neblina de su memoria aparecieron los crepúsculos de los juegos infantiles, el fragor de las adolescencias mutuas, las travesuras, las riñas en los placeres y parques, las pocetas del malecón, las bicicletas, los trompos, papalotes, bolas y patines. Y vio, entonces a Germán inclinado sobre el montículo y esta vez tampoco pudo ver, ni seguir, la recta que marcó a la altura de las rodillas el más perfecto de los strikes posibles… Se vio, a él y su hermano aquel día de enero de 1959, gritando y desplegando la bandera cubana con la que recibían a los barbudos, y volvió a respirar la misma vaharada de salitre y recordó, después, el exacto color de los uniformes rebeldes, la visión de las armas de fuego -San Cristóbal, M1, y Thompson- y recordó la transparencia de aquella mañana. Germán tenía entonces dieciocho años y ya era el centro de atención del barrio. Meses más tarde ingresó en el recién formado equipo nacional juvenil de béisbol. Semanas antes había terminado la serie provincial como líder de los lanzadores. Por eso lo escogieron, poco después, para integrar la novena que representaría a Cuba en Caracas. Germán -que entonces era, para todos, Manito- había sido su primer héroe, al lado de los personajes de las historietas y las aventuras radiales, televisivas y cinematográficas. Era el mejor, pensó. En ese viaje a Venezuela, un equipo de la triple A lo contrató. Desde ese día comenzaron a recibir cartas y más cartas, repletas de sueños, fotos y los recortes de los periódicos: Notas de prensa, sueltos, entrevistas y comentarios: “Germán Espinosa, se ha convertido en la revelación de esta temporada: 16 juegos ganados y tres perdidos. Y un promedio de 0,87 de carreras limpias, y sensacional récord de 210 ponchetes en esta campaña… Un prodigio el cubanito…” Nunca más quiso saber de su hermano. Algunos años después, por la época en que su madre sufrió el primer infarto, el viejo le dijo una frase que él jamás pudo olvidar:
-Así es la vida, Felo: perdí el pan y perdí al perro…
Y ahora regresaba. Felo vertió el contenido humeante de la cafetera en los recipientes, salió de la cocina y le ofreció el vaso a su padre.
-Voy a vestirme- dijo.

TRES

Las calles estaban vacías y sobre ellos la noche estaba estrellada aunque no tiritaban, azules, los astros a lo lejos. De allí a Regla eran unos pocos minutos. En el muelle los primeros trabajadores aguardaban por la lancha. El agua, negra y sucia, refulgía por el resplandor de la alta lengua de fuego de la refinería, que antes había sido propiedad de una importante empresa norteamericana. Un vaho de puerto encenagado, de caracoles pútridos, de brea y detritus hacía irrespirable el oxígeno caliente y salino. La nave, por fin, al fin, apagó el motor y comenzó a evolucionar en la operación de atraque. Caminaron por los tablones, salieron a la calle y cruzaron la calzada.
El portal de la casa estaba iluminado y la puerta, abierta. Felo le dio paso a su padre y luego penetró en la sala, detrás de él, aferrado a su dignidad… Una dignidad fuera de lugar, absurda, inútil, sin sentido. No tuvo tiempo para detallar a su hermano porque, de súbito, sin dejarle tiempo para reaccionar, Germán se había abalanzado sobre él, y ahora lo asfixiaba con -y en- el abrazo. Pensó quedarse quieto, indiferente, o a lo sumo, levantar la mano por todo saludo y proferir quizás un “que tal”, remoto y glacial, pero su hermano no le dio tiempo ni oportunidad para defenderse: “¡¿Québienestáscarajoatisíquenotepasaeltiempo¿tecasaste?yelchamaquéedadtienestásigualitoFelo?!”, dijo su hermano, con -y- en una interminable ráfaga verbal, separándolo ahora un tanto de sí y escudriñándolo. Como si él, Felo, fuera un animal extinto. Y de alguna forma, lo era.
A Felo los recuerdos de su infancia comenzaron a arrastrarlo a un ras de mar de ternura, en cuyas aguas, en un abrir y cerrar de ojos y sin permitirle una brazada, sepultaba rencores, odios y malquerencias, que lo obligaban a desbordarse. Pero no lo hacía. Estaba a punto de ser vencido. Como si todos los años de reconcomios y sentimientos enrevesados ahora estuvieran a punto de hacerse trizas, añicos, polvo sideral, hojas muertas, un frágil castillo de arena cuyos fundamentos no soportaban ese embate.
Germán comenzó a preguntarle por Rubén, Sergio, Regalías, Sanderito, Alcides, Cheo Tatuaje… “¿Y Chela, como está Chela? ¿Y Deneida? ¿Y Elda, sigue tan buena, eh? Yo estaba seguro de que no te iba a ver más. No me has escrito ni una vez… Allá me enteré de lo de Arquímedes… Pero no te quedes así, coño… Ni que estuvieras viendo visiones o un fantasma…”
Felo lo pensó dos veces y cuando habló lo hizo con lentitud y casi deletreando cada palabra:
-Es que estoy viendo visiones- dijo y trató de sonreír. Entonces Norma intervino sugiriendo pasar al cuarto para ver lo que su hermano les había traído.
-Tremendo brete en la aduana. Por poquito no me dejan entrar- dijo.
-Ven- dijo Norma-: Para que veas…
Había sido una tormenta. Una semana con la presencia omnímoda de su hermano gravitando sobre su vida. Visitas, conversaciones, palabras sueltas, retazos de anécdotas, insinuaciones, recuerdos, tensiones y escarceos… Olores que volvían desde la niñez y se mezclaban al humo de los cigarrillos rubios, y las colonias de su hermano y el escape de gas de las fosforeras y el tenue efluvio de los cosméticos y las telas sin usar y el olor de las pieles y el aroma de la bisutería y hasta el intenso bouquet de los licores… La ciudad de cuando eran pequeños, muchachos, emergía ante él y era tan vívida su imagen, tan nítidos y precisos sus contornos y contrastes que, en ciertos momentos, Felo tuvo la certeza de que había extraviado los márgenes de la realidad. Una pésima semana.

CUATRO

Ese domingo amaneció bajo un temporal. Llovía sin tregua. Se levantó sobre las diez. Se vistió y mientras lo hacía pensó en Violeta: Su mujer tenía trabajo voluntario y Felito -su hijo- se encaprichó en acompañarla. Vendrían hechos una sopa, se dijo. Se puso la capa y salió para ir a casa de sus padres. Norma estaba sola porque “Rafael tuvo que ir a la logia…”
-Dame un buche de café- casi exigió.
-No debieras tomarlo: es el del que compró tu hermano…
– ¿Vas a empezar?
Norma respondió con otra pregunta:
– ¿Tú crees que está bien lo que le hiciste a Manito?
– ¿Y qué tan grave le hice?
-No saliste con él ni una sola vez. Eso no se hace, Felo. La sangre es la sangre.
-Tuve mucho trabajo- se excusó. “Anda, ve y tráeme un buche de café…”
Caminó por el pasillo hasta el cuarto de desahogo. Abrió la puerta, pasó y comenzó a buscar entre las herramientas desordenadas de su padre. Necesitaba un codo de tres cuartos. Y donde único podía encontrarlo, en unos minutos, era allí. Dentro de una caja descubrió una linterna herrumbrosa y cargó con ella. Antes de salir se echó arriba un alicate, un pico de loro, la latica de albayalde y un rollo de hilo grueso. Fue hasta la cocina, le palpó las ancas a su madre y apuró el tazón con el brebaje: ya estaba frío. Norma se volvió y se encaró con él:
-Lo menos que podías haber hecho era atenderlo. ¿Tú crees que no se dio cuenta? ¡Y eso que se criaron juntos!
-Vieja…
-Nada de vieja. No lo fuiste a despedir.
-Estaba de guardia. Además…
– ¿Además qué, Felo?
El hombre negó con la cabeza. Se inclinó sobre la madre, la besó en la mejilla y antes de darle la espalda le advirtió:
-Dile al viejo que no pierda la tabla. Mañana le devuelvo sus cachivaches…
-Espérate -dijo Norma: -Para que te lleves lo que te dejó Manito.
La lancha esperaba en el muelle, balanceándose al vaivén de las olas. Había dejado de llover y el resplandor del sol ente las nubes teñía el brazo de mar con una coloración opaca y rutilante, a la vez. Ahora Germán estaría con sus hijos, hablándole de su familia, del viejo, del barrio, de la gente que visitó, mostrando las fotos, describiendo lo gastada que se veía la ciudad, lo que había visto, lo que le contaron. La embarcación rugió al ponerse en marcha y Felo recordó a su hijo: no había oportunidad en que cruzaran la rada en que Felito no le repitiera lo mismo: Iba a ser marinero, uno de aquellos grandes barcos sería de él, y entonces el hombre imaginaba a su crío sobre el puente de mando, capitán pequeñito y rubio, que trazaba sobre las cartas geográficas rumbos equívocos y divertidos. Oyó el crujir de los maderámenes y el rechinar de los cabos y su vista se detuvo, entonces, sobre una pareja de enamorados que, en el fondo de la nave, se arrullaba, ajenos a las pupilas inquisidoras de los pasajeros. Sonrió. Sobre el dibujo irregular de los edificios que en la otra orilla se arracimaban, las nubes plomizas anunciaban otra lluvia casi perpetua.
Subió la escalera del edificio con lentitud. Y avanzó por el pasillo para detenerse, al fin, en la puerta de su apartamento. Hizo girar la llave en la cerradura y penetró en la sala de su hogar. Se detuvo al lado de la mesa y sobre ella volcó el contenido del bolso plástico, en una de cuyas superficies las letras finísimas dejaban constancia de la marca de unos cigarrillos famosos.
– ¿Felo?-escuchó la voz de Violeta llegarle desde el fondo del apartamento y respondió con una pregunta:
– ¿Y tu trabajo voluntario?
La mujer emergió secándose las manos con el delantal.
-Lo suspendieron.
– ¿Y el niño?
-Allá atrás.
Felo comenzó a ordenar cada objeto, palpándolos, como si al hacerlo los reconociera. Como si al contacto con cada uno de ellos pudiera saber, con exactitud el valor intrínseco de aquellas cosas brillantes, hermosas, trascendentes o intrascendentes, necesarias o innecesarias. Detuvo, por último, su exploración en unas botas charoladas, de alto tacón y rematadas por costuras dobles y finas.
-Los trofeítos de la semana -dijo.
Violeta avanzó hacia la mesa y contempló las prendas, ordenadas en el desorden.
-Trajo cosas como para diez años- dijo la mujer.
Felo hizo un gesto impreciso y se encaminó hacia el butacón, donde se dejó caer.
-No pude safarle el cuerpo a la vieja. Imagínate. Si no cargaba con eso le daba Changó con conocimiento…
Violeta fue hasta él, y se arrodilló a su lado. Felo pasó su mano sobre los cabellos de su mujer y comenzó a acariciárselos, con suavidad.
-Guarda esa gangarria no vaya a ser cosa que el niño…- e hizo una pausa. Pero volvió a la carga: -Deja ver como salgo de toda es mierda…
– ¿Qué cómo sales?
-Que cómo salgo, digo, Violeta…
-Pero…
-No hay peros…
-Felo- murmuró la mujer, conciliadora-: Te estás dejando llevar por la pasión… Por el rencor.
-No es rencor…
– ¿Qué sentido tiene todo esto?
-El sentido de no tenerme que echar en cara ninguna de las mierdas al uso. ¿Entiendes? El sentido de no deberle nada a nadie, Viole… Y muchísimo menos a él.
Violeta se puso de pie y dio unos pasos por la sala. Felo la imitó y se detuvo de inmediato al lado de su esposa.
– ¿Qué se cree? No, coño. No. Yo sí que no me parezco a nadie. A lo mejor es por eso que no levanto cabeza. Pero me importa un pito.
-Haz lo que quieras. Pero estás equivocado. De medio a medio.
-No lo estoy. Pero además: este es mi problema.
-De los dos, Rafael Espinosa… Estás actuando como un chiquillo.
-Violeta- dijo el hombre con un velado tono de amenaza en la voz.
-No ves que no es eso lo que tiene importancia- dijo la mujer señalando los objetos que como inmutables testigos gravitaban en la discusión.
– ¿Y según tú, qué es lo que tiene importancia?
-Varias cosas, Felo… Tú, el niño, yo… Nosotros… Lo que somos. Lo que hacemos, todos los días…
-No me vas a convencer…
– ¿Y no será que le estás dando demasiado importancia? Entiende, Felo: No es un problema de principios…
-No sé si es un problema de principios o de finales, chica. Bien que me paré en el núcleo del partido y me caí de culo diciendo que no. Que si se fueron que se jodan…
– ¿Nunca vas a perdonar?
– ¿Sí? Y: ¿Qué más?
Esbozó una sonrisa que de inmediato se le hizo un gesto patético en el rostro. Después el semblante se le puso hierático, frío, despiadado: – Yo escogí. Y aquí estoy. Esto es mío. Bueno, regular o malo. Pero mío. Y no voy a cambiar, cojones…
– ¡Papi!- escucharon detrás de ellos. Cuando se volvieron Felito estaba al lado de la mesa y sostenía en sus manos las botas charoladas. Como hipnotizado. Felo y Violeta se miraron. Después sus pupilas se detuvieron sobre la figurita del niño. Felito se encaró con ellos y sonrió:
-¿ Estas son las boticas que me compraron?

1 Comment
  1. Jacqueline

    abril 1, 2011 at 3:55 pm

    Buena prosa, intensa! Tiene Usted su website personal donde se puede leer y localizar sus obras? . Me dedico a crear websites para artistas aqui en Miami, muchos saludos y exitos!.
    Jacqueline Solorzano
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