Tiembla en Miami y Nueva York

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Tiemblan Miami y Nueva York con el ritmo de la música cubana

Por Raúl Acosta

El sismo se llama Pupy y los que Son Son,  cuyo epicentro musical se inicia con las notas del changüí de Elio Revé, pasa por Juan Formell y se expande con Cesar Pedroso, conocido compositor y director que en su primera gira por EE UU levantó de sus asientos a cuanta ánima viviente colmó el Aché del corazón de Miami, para bautizar con éxito el inicio de sus actuaciones.

A los latinos de Norteamérica nos es familiar el cadencioso hacer musical de Pedroso que nos había llegado de la mano de la Orquesta Los Van Van, de Juan Formell con quien trabajó muchísimos años y donde marcó pauta con piezas memorables como Seis Semanas o El Negro está Cocinando.   Al fundar su propia agrupación, incorpora todos los números de su autoría que contiene el repertorio de Van Van y continúa agregando lo más reciente de su abundante creación musical.

Con esos antecedentes y tras recorrer importantes escenarios mundiales, llega EE. UU para un recorrido que inició en Tampa y Miami, continuó el domingo en Nueva a York y lo conducirá a Boston, Washington y San Francisco.

Dicen que para  muestra un botón, y ¡qué botón! el que mostró el magnífico artista con su orquesta a su paso por Miami. Y es que el público que abarrotó el espacio del club Aché, a pesar del torrencial aguacero que parecía no tener fin, tenía la pinta de todas las banderas que forman el rico crisol sociocultural del sur de la Florida. Así lo podíamos sentir mientras la charanga estremecía la arquitectura acheril cuando un “ey manito”, “deme espacio güey”, “! diay que rrrrrrico huevón” o “vos crees que solo bailo tango” se mezclaban con los aplausos, el “ay mi madre”, “!qué rico caballeros!”, y el  “!esto sí es música y lo demás es bobería” que salió de los labios de una negra sandunguera de un seis pies de estatura y larga peluca negra que parecía querer despojarse con sus movimientos del estrecho vestido rojo estampado con flores blancas. “Ahí na ma”.

El apretado ritmo, el vaivén del ron, el humo de los habanos y los flashes de la telefonía celular que agujereaban la noche, echaba por tierra cualquier diferencia política –tan tristemente enraizada en este territorio – cuando desde el escenario los músicos manifestaban su alegría de encontrarse “con tanta gente linda, tantos amigos, tantos compañeros del barrio, tantos familiares” que llegaron a abrazarles…  Parecía un encuentro futurista,  una anticipación de un momento que inevitablemente llegará donde todos los cubanos de ambos lados del estrecho de la Florida puedan manifestarse y disfrutar su rica cultura sin las intermediaciones de las políticas, los estados y los extremistas.

En ese orden se sucedieron momentos no programados de imborrable recordación, aliento y goce espiritual cuando uno de los asistentes, un músico cubano emigrado, extraordinario trompetista subió al escenario e improvisó un magnífico solo, sólo comparable a un  Sandoval o un Gillespie; seguido por un flautista que detuvo el baile como en un gran concierto en el Amadeo Roldán. El colofón vino unos minutos después cuando una mulata de jean, botas y pompones burló la seguridad y subió a la tarima. Los cantantes sorprendidos no sabían que hacer y la ninfa,  ni lenta ni perezosa echó mano al bolso, extrajo una flauta, se acercó al micrófono y trató de sacar un sonido; un músico se interpuso y Pupy le hizo señas para que la dejara; la mulata mostró sus dientes blancos bajo el neón azul, y comenzó con una suave melodía inmediatamente secundada por el teclado del maestro hasta que fue entrando en una sinuosa cadenciosa, un floreo que era delicia para el oído, como delicia fue a la vista cuando la chica, comenzó a moverse y tratar de alcanzar el tablado con el ritmo de sus caderas sin dejar de tocar; al instante salta un cantante aceptando el reto ritmicosexual, sensual, provocativo y culebrea junto al cuerpo de la intrusa hasta que lentamente fueron incorporándose bajo un estruendoso aplauso.  Y así, bajo la sombrilla del choque de manos, la mulata desaparece entre el sonido de la noche, el humo de los habanos y el aroma del ron, sin que nadie supiera de dónde había salido ni cómo se llamaba ni adonde se marchó….   Así fue de mágica la noche, una noche cubana, en el corazón de Miami, con la luz musical de una de las mejores orquestas que adornan el paisaje musical de la isla caribeña donde pareciera que las musas hicieran el nido musical del universo.

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