Osvaldo Navarro escritor

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Por Bernardo Marqués-Ravelo  (Especial para ArtistasMiami.com)
onavarro-3.JPGMiami.- “El escritor cubano Osvaldo Navarro falleció el pasado jueves -7 de febrero- en la Ciudad de México, víctima de un infarto masivo, a los 61 años”, eso dice la nota que apareció en El Nuevo Herald.

Conocí a Osvaldo Navarro Santana en 1974, de modo que llevábamos más de treinta años de amistad. El poeta, escritor y periodista, Raúl Rivero, que trabajaba por aquellos años en la agencia oficialista Prensa Latina, me lo presentó en casa de un entonces amigo común.

Desde aquella tarde – que recuerdo hoy gris y triste-, nos unió una corriente mutua de simpatía. Osvaldo estaba casado con su primera esposa (Gladys) y Osvaldito -su hijo mayor-, tendría alrededor de diez años, y los tres vivían en un sobrio apartamento en la barriada de Luyanó.

Teníamos varias aficiones en común: la poesía, primero. Y después nuestro interés por las letras, y la historia como materia de investigación, principalmente. Y allí, sentados en la sala de su casa, pasábamos las tardes, después de la jornada laborar, amparados tras un vaso de tinto, y hablando de textos de nuestros escritores preferidos. A saber: Martí, Julián del Casals, Vallejo, Borges, Machado, Hernández, León Felipe, y Neruda, sin desdeñar a los poetas repentistas, que Navarro conocía con minucia.

Platicábamos de lo humano y lo divino. Me asombraba -me asombró en aquellos primeros encuentros-, la memoria prodigiosa que poseia el poeta, y sus varias y bien digeridas lecturas, en las que encontraban sitio Kafka, Freud, Dostoievsky, Tolstoy y Emerson.

Osvaldo había nacido en Santo Domingo, Las Villas, en un ambiente rural, y desde jovencito tuvo la afición por los versos, de modo que no había canturía en la zona a la que no acudiera para disfrutar con las improvisaciones de los versificadores, que se ponían en aprietos, mutuamente, para el disfrute de los espectadores. Por cierto: Santo Domingo está muy cerca de Santa Isabel de Las Lajas, terruño natal de otro grande de la cultura cubana: Benny Moré, que Osvaldo y yo disfrutábamos.

onavarro-4.JPGLuego, en abril de 1975, casi un año después de ser ya entrañables, tuvimos el privilegio de viajar juntos como periodistas (él de El caimán barbudo, yo, del semanario Bohemia) en una delegación cultural al Distrito Federal, México, en una peripecia que duró casi un mes en la tierra de Benito Juárez. En ese viaje se consolidó y echó raíces nuestra amistad.

Después la vida se nos complicó. Yo me divorcié de la madre de mi hijo, y me quedé solo, casi colgado de la brocha, en el apartamento de Alamar, que había construido durante un poco más de dos años en faenas que son, en sí, de una brutalidad perniciosa. Fueron meses agotadores y de angustias, pendientes de la asamblea general que otorgaría las viviendas.

Por aquellos años el amor tocó de nuevo el alma noble de Osvaldo, y comenzó-comenzaba- una relación amorosa con una mujer de carnes yodadas (poetisa por más señas), que yo sé amó hasta la empuñadura, y que lo acompañaría hasta la muerte: Elena Tamargo. Que poco tiempo después le colmó de dicha al darle un hijo: Nazim. Durante unos meses alojé a la pareja en mi apartamento, y entonces fueron sesiones continuas de versos, y rosas, y desde luego, vino. Pero no quiero hacer una elegia con sus muchos recuerdos, que ahora me asaltan en este febrero amargo.

Su obra, toda, habla por Osvaldo Navarro. Sus ensayos son, en verdad, de una lucidez asombrosa. Expresan, de muchas formas, su universo de conocimientos. Y su peculiar manera de entender y asumir el devenir de nuestro país, hoy sumido en las brumas de la dictadura más despiadada y torpe que ha tenido que enfrentar la isla a lo largo de su corta historia.

El miércoles en la noche Osvaldo habló conmigo. Se estaba gestando, dijo, una presentación de un libro de poesía, suyo, y me rogaba que, por favor, asistiera al acto. Le dije que sí, que desde luego, iría. Y me colgó. Lo noté eufórico, como suelen estar los niños cuando creen o intuyen que son felices.

Y esa fue nuestra última conversación.

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